el buen directivo ¿nace o se hace?

Si esta pregunta fuera un tango, seguro lo bailaríamos entre la genética y la disciplina: con un pie en las habilidades innatas y el otro en el esfuerzo sostenido. Pero como estamos en el mundo de la empresa y no en la pista de baile, conviene analizar el asunto en clave profesional. ¿Cuánto importa la cuna y cuánto tanto el camino andado en la formación directiva?

El mito del “líder nato”

A menudo se dice que algunas personas “nacen con estrella”, con un carisma arrollador, instinto para los negocios y la capacidad de liderar equipos como si hubieran venido al mundo con un libro de economía debajo del brazo. Sin embargo, creer ciegamente en esta predisposición innata puede ser engañoso. En el entorno empresarial, la evidencia sugiere que, si bien ciertos rasgos de personalidad pueden ayudar, el éxito directivo rara vez es fruto exclusivo de un “don divino”.

Imagina que la genética es como el motor de un coche: puede ser de alta cilindrada y brindarte un buen “reprise”. Pero sin un conductor que domine las normas de circulación, la gestión del par motor, la selección de la mejor trayectoria en las curvas o la mecánica, ese coche puede terminar varado en la primera cuneta. Del mismo modo, el directivo que confía solo en su talento innato se arriesga a errar ante desafíos imprevistos.

El arte de “hacerse”

En el otro extremo, tenemos la perspectiva de que el buen directivo se hace, y sobre todo, se entrena. No basta con leer un libro de management y lucirlo en la sala de reuniones. Desarrollar habilidades directivas requiere práctica, feedback y, sobre todo, constancia. ¿Cuántos cursos de liderazgo se quedan solo en la teoría? O, peor aún, ¿cuántas técnicas de coaching se acumulan en el cajón sin aplicarse?

El liderazgo es como ir al gimnasio: la primera semana te duele todo el cuerpo y no ves resultados. La segunda, sigues con agujetas y dudas si servirá de algo. Pero, con el paso de los meses, te das cuenta de que los músculos (o en este caso, las habilidades directivas) empiezan a responder. Son las micro acciones diarias, los entrenamientos constantes y el feedback bien canalizado los que transforman a un directivo en un líder sólido.

Lo que dice la evidencia

Un estudio del Center for Creative Leadership revela que el 70% del desarrollo de habilidades directivas proviene de la experiencia práctica, el 20% del feedback y las relaciones, y solo un 10% de formación formal. ¿Y lo innato? Lo justo para arrancar. Es decir, no nacieron sabiendo; su ventaja competitiva provino de la exposición a retos diversos, de equivocarse y aprender, y de la formación continua.

Por su parte, la consultora global McKinsey ha señalado en varios informes que, en ambientes empresariales altamente competitivos, la formación en liderazgo incide directamente en los resultados de negocio, incrementando la rentabilidad y mejorando la cultura organizacional. Estas fuentes de prestigio confirman que, por muy dotado que alguien se sienta, el proceso de aprendizaje y el entrenamiento son decisivos para alcanzar la excelencia en la dirección.

Improvisación vs. método

Claro que la improvisación tiene su encanto, especialmente en situaciones de crisis donde se requiere actuar con rapidez e ingenio. Sin embargo, la improvisación constante puede desembocar en el caos si no va respaldada por una metodología sólida. Un directivo que no conoce los fundamentos de la gestión de equipos o las bases del análisis financiero puede pilotar la nave un rato, pero tarde o temprano se encontrará con una tormenta para la cual no tiene el instrumental necesario.

Para dirigir equipos de alto rendimiento, se necesita una visión clara. La visión clara se logra a través de la experiencia, el entrenamiento y el aprendizaje estructurado. Por lo tanto, un buen directivo que aspira a resultados se forma y practica antes de enfrentarse a los grandes desafíos.

Otro factor clave es el aprendizaje continuo. Las habilidades directivas (liderazgo, comunicación, negociación, inteligencia emocional, etc.) son más bien “músculos” que se atrofian si no se mantienen activos. A medida que las organizaciones crecen, las exigencias y las herramientas de gestión evolucionan; por ello, el directivo debe estar dispuesto a reciclarse y a incorporar nuevas prácticas.

 

La receta del “buen directivo”

En resumen, la genialidad innata ayuda, pero no es determinante. El buen directivo se forja mediante el estudio, la práctica y, sobre todo, la experiencia diaria, acompañada del feedback y la mejora continua. La improvisación puede ser un recurso útil en momentos puntuales, pero no sustituye el valor de la disciplina y el método.

  1. Reconoce tus habilidades innatas (si las tienes, ¡genial!), pero no confíes ciegamente en ellas.
  2. Fórmate y rodéate de mentores: aprende de quienes ya han abierto camino.
  3. Practica y practica más: cada reto es una oportunidad para entrenar.
  4. Cultiva el humor inteligente: relaja tensiones y fomenta un clima positivo en el equipo.
  5. Recíclate constantemente: el aprendizaje nunca termina, y menos en el vertiginoso mundo empresarial actual.

Al final, como rezaba un viejo dicho empresarial algo irónico: “El talento te puede llevar lejos, pero el trabajo duro y la formación continua te llevan todavía más lejos… y con menos riesgo de salirte de la carretera.”

Así que la próxima vez que escuches a alguien decir «ese tiene madera de líder», pregúntale si la ha lijado, barnizado y transformado en una buena mesa de reuniones. Porque hasta el mejor roble necesita trabajo antes de convertirse en mobiliario útil.

El buen directivo no nace; se hace. Con voluntad, con guía, y con muchas ganas de aprender… incluso de sus propios errores.

 

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